Por Su Wand Regina

Inicios de Van Gogh

Autor: John Rewald.


"La sobreabundancia de impresiones nuevas que recibió durante sus primeros días o semanas en París aguzó, como era natural, el deseo que sentía Van Gogh de ponerse a trabajar. ¿Acaso no había acudido a París sólo porque quería perfeccionarse, porque estaba ansioso de continuar un aprendizaje artístico que había comenzado hacía cerca de seis años? En 1880, a la edad de veintisiete años, impulsado por una urgencia irresistible de expresar sus experiencias visuales, había comenzado una lucha encarnizada contra su propia torpeza. Si bien había trabajado como empleado en galerías de arte, hasta entonces no había mostrado la menor inclinación hacia la creatividad, y cuando por fin se apoderó de él el deseo de dibujar, resultó en sus comienzos tan patéticamente torpe que ni el consejero mejor intencionado hubiera descubierto en sus primero esbozos el menor rasgo prometedor. Pero con increíble tenacidad y ardor se había puesto a trabajar en Bruselas, en La Haya, y en casa de sus padres en Nuenen, y más tarde en Amberes, hasta que su mano inexperta empezó a seguir cada vez de una manera más fiel los dictados de su vista y de su mente.


Así pues, había llegado a ser artista no porque hubiese mostrado dotes precoces o in interés temprano por las cuestiones artísticas, como es el caso de la mayoría de los artistas, sino más bien porque quería pintar y porque intuía que la dedicación, la paciencia y la tenacidad lo ayudarían a encontrar el camino de su expresión. "Aquello de lo que están llenos mi cabeza y mi corazón debe reaparecer en forma de dibujos o pinturas", había escrito en los comienzos de su carrera artística. Si hubo alguna vez un pintor que se dispusiese a luchar contra las adversidades más desalentadoras -una ausencia al parecer absoluta de talento- con fiera determinación y con la sola fuerza de su voluntad, ese fue Vincent Van Gogh. Lo que le dio fuerza para perseverar fue precisamente el que su corazón y su mente estuviesen repletos de cosas que tenía que expresar. A fin de hacerlo con la habilidad necesaria había declarado, aun antes de abandonar Amberes, su intención de ingresar en el estudio de Cormon, donde pensaba perfeccionarse en dos campos: estudio del desnudo y dibujo de antiguos modelos de escayola. Como en el apartamento de Theo no había lugar suficiente para que Vincent pudiera pintar, pronto se dirigió al estudio de Cormon, que estaba cerca de allí. No resulta fácil comprender cómo pudo ser admitido en la clase de Cormon, a la que Van Gogh tenía cerca de diez años más que el común de los estudiantes de arte, que sus maneras eran bastante ásperas y que tenía un marcado acento foránedo. Cormon era hombre de bastante buen talante, y el deseo ardiente y humilde de aquel holandés de ponerse a trabajar seriamente pudo decidirlo a tomar a un estudiante tan poco habitual.


(...)
Según François Gauzi, uno de los mejores amigos de Lautrec, los alumnos de Cormon sólo conocían a van Gogh por su nombre de pila. "Era un compañero excelente, pero había que dejarlo en paz. Hombre del norte como era, no apreciaba el 'esprit' parisiense. Los sabelotodos del estudio se guardaban de molestarlo porque le tenían cierto miedo. Cuando los demás hablaban de arte y sus opiniones, diferentes a las suyas, lo exasperaban, podía llegar a encolerizarse de manera muy inquietante. El color lo volvía loco. Delacroix era su ídolo y sus labios temblaban de emoción cuando se refería a él. Durante mucho tiempo van Gogh sólo hizo dibujos que no tenían nada de exagerado y no se distinguían por ninguna tendencia particular.


Decidido como estaba a dominar los rudimentos del arte, y acostumbrado a que se mofaran de él o que no lo comprendieran, no cabe duda de que van Gogh se contentaba con encontrar en el estudio de Cormon un modelo sobre el cual trabajar, así como las correcciones técnicas que le hacían falta y también algunos colegas con los que intercambiar ideas de vez en cuando. No esperaba nada más y ello le ahorró desiluciones. Estaba absolutamente convencido de que la habilidad técnica no constituía un fin en sí misma, como lo era para la mayoría de los pintores del Salón. Mucho antes de ir a París se lo había explicado a un amigo: "¿Piensas que no me preocupa la técnica? Sí que me preocupa, pero sólo para poder decir lo que tengo que decir, y cuando no consigo hacerlo satisfactoriamente me esfuerzo por corregirme. Pero si mi lenguaje no es del gusto de los que hablan o de los que me escuchan, me importa un bledo."


Fuente:
REWALD, John (1999): "El postimpresionismo. De van Gogh a Gauguin". Madrid: Alianza Editorial, 530 páginas.

Entrevista a Sophia Loren

Foto: Inez Lamsweerde y Vinhodh Matadin

LARRY KING, Anfritrión: ¿Podemos decir que tienes 70 años?
SOPHIA LOREN, Actriz: Shh

Bueno, no, digo, tómalo como un cumplido.
¿Cuántos años tienes tú, Larry?

71.
Eres mayor, mucho mayor que yo.

Mucho mayor. Y tú estás deslumbrante.
Gracias. Tú también. Cuando estoy en Ginebra te veo a diario y te ves absolutamente increíble.


Bueno, nunca habrá otra Sophia Loren. ¿Es verdad que estás haciendo una película junto a Murray Abraham?
Hice una película con él hace tres meses, se estrena pronto. Me fue estupendo con él y con la directora, Lina Wertmuller. Es una comedia maravillosa y disfruté cada momento del rodaje.

Se llama "Pepperoni ripieni e pesci in faccia". ¿Lo dije bien?
No, no. Pesci in faccia.

¿Y qué significa eso?
Relleno de pepperoni y pescado aplastado sobre tu cara.


¿Qué tal fue trabajar con Abraham, otro ganador del Oscar?
Maravilloso. Es una persona maravillosa, discreta, y un gran actor, que puede hacer desde drama hasta comedias. La pasamos bien juntos.

No hemos hablado desde que fallecieron Walter Matthau y Jack Lemmon. Y tú filmaste con ellos esa maravillosa película "Dos viejos gruñones". ¿Cuáles son tus recuerdos, primero, de Mattau?
Apenas lo vi, me enamoré de él, porque era una persona genial, con un gran corazón. Siempre estuvo a mi lado, sabía que estaba en una producción distinta de lo que suelo hacer en Itala, ¿Sabes?, y me ayudó mucho. Nunca lo olvidaré. Fui a su casa varias veces y conocí a su esposa; hacían una linda pareja. Los extraño mucho a ambos.


Yo también. ¿Y qué hay de Jack Lemmon?
Jack Lemmon era genial, y mucho más discreto que Walter, que andaba siempre como en las nubes. Jack era mucho más discreto y mucho más conservador. No lo conocí muy bien cuando filmé la película, pero pude adivinar que apreciaba trabajar conmigo.

Tú has hecho tanto comedia como drama. ¿Qué género te gusta más?
Mira, yo soy de Nápoles, así que me gusta esa mezcla de drama y comedia. Y es que la vida no es sólo comedia, ni tampoco sólo drama. Es una mezcla de ambos.


Han pasado 42 años desde que ganaste el Oscar... 
¿Qué dices? No lo sé. Lo olvidé.

El tiempo pasa rápido.
Mira, fue una sensación inolvidable y me parece que fue ayer cuando lo gané. Nunca se puede olvidar cuando se gana un Oscar. Nunca.

Foto : Lawrence Schiller

Pero tú no asististe a la ceremonia; Greer Garson recibió el premio por ti. 
Bueno, recibir honores por tu carrera quiere decir que se premia cada cosita, cada pequeña película, todas las películas que has filmado, el conjunto de tu carrera. Eso es muy importante para mí, quizá más incluso que el Oscar de una película. Cuando recibes un Oscar por tu carrera, lo recibes por todas las películas que has hecho. Y eso es realmente genial, algo que nunca esperé de EE.UU., porque yo soy una actriz italiana y he filmado muchas películas: italianas, francesas, norteamericanas... Mira, cuando me dijeron que había ganado un Oscar por mi carrera, me dio más gusto que cuando gané el Oscar por "Dos mujeres".

Sophia Loren y Jane Mansfield

¿Porqué te gusta tanto actuar?
¿Qué quieres decir? ¿Cómo que me gusta actuar? Soy una actriz.

Como carrera...
Soy una actriz. Es mi pasión. Siempre he vivido para esto. Quería ser actriz desde que tenía 12 años, y aún ahora, me siento de 12 años y siento que cada película que hago es como si fuera la primera. Me encanta.


¿Te molestaba que te trataran como un símbolo sexual cuando todo comenzó, es decir, que miraban más tu apariencia que tu talento?
Bueno, así lo hacían. Pero ser un símbolo sexual, quiero decir, no para una actriz, sino para una mujer, es muy gratificante. Me gusta, por una cuestión de vanidad, pero eso no significa nada para mí definitivamente. Lo que me importa es lo que hago en mi vida como actriz, lo que le ofrezco al público con cada película que filmo: emociones. Eso es lo importante para mi. Nada más.

¿Pero no te molestaba al principio que las personas se fijaran en ti por tu apariencia?
No me importaba. Quiero decir, eso les incumbía a ellos. Yo sólo tenía que preocuparme por avanzar en mi carrera. El resto no me competía, nunca lo tomé en serio. Yo sólo quería ofrecer lo que sentía en mi interior, la emoción, y lo que quería ser en el futuro. Y comencé cuando tenía 15 años. Era muy joven.

Foto: Alfred Eisenstaedt
Foto: Alfred Eisenstaedt

¿Comenzaste en el cine o en el teatro?
No me preguntes eso. Soy muy tímida y nunca intenté hacer teatro. Los más increíbles autores de EEUU me han pedido muchas veces hacer teatro. Y siempre dije "no" sin saber lo que es estar en el escenario y hacer teatro. Por eso no sé qué responderte. No tengo idea... Nápoles y no tenía idea. "¿Y? ¿Qué quiere de mí?", le respondí. Yo tenía casi 15 años. Y él me dijo: "Quizás te pueda ayudar para que hagas algo en las películas". Y yo le dije: "Ok". No sabía lo que hacía, yo estaba allí con mi madre, que siempre estaba a mi lado. Hasta que un día me llamó a su oficina y me dijo que podía ayudarme para hacer algo que quizás podría convertirse en algo más. Él tenía que hacer una película llamada El oro de Nápoles. "¿Y esa película? ¿Qué es el oro de Nápoles?", le pregunté. Él me explicó que se basaba en un libro de un autor italiano y que le gustaría presentarme a Vittorio De Sica. Una semana después, teníamos cita con De Sica, que me dijo: "No tengo que ensayar nada contigo porque eres la persona adecuada para el papel". Yo pregunté cuándo comenzar y me dijeron que al día siguiente. Yo dije que era imposible, pero él insistió: "No. Sí es posible. Mañana te vas a poner en mis manos y voy a sacar lo mejor de ti para que hagas este papel".


¿Lo disfrutaste?
Sí. Al día siguiente, fui a Nápoles, hice la prueba y comencé a hacer películas. Esa fue mi suerte.

Y luego te enamoraste de Ponti, ¿verdad?
Sí, por supuesto, pero eso tomó más tiempo que una película.


Toda persona que los ha visto juntos se pregunta: ¿qué es lo especial en este hombre? ¿qué hay de especial en Carlo Ponti?
Creo que Carlo comprendió exactamente quién era yo, lo que yo quería de la vida, y después, lo que signifiqué para él. Por supuesto, eso no ocurrió ni en unos meses ni en un año, sino quizás en tres o cuatro años, porque yo era muy joven.


¿Fueron felices juntos?
Sí, muy felices. Aún lo somos.

¿Es un buen padre?
Buen padre y buen esposo. Es una persona maravillosa, muy discreta y simplemente genial. Siempre ha sido genial para mí y para nuestra familia.


Usas mucho la palabra "discreto". Obviamente eso es importante para ti.
Oh, sí. En nuestra carrera, si no eres discreto y sacas todo a relucir, tu vida y tus sentimientos, la vida se vuelve terrible. Cuando eres actor o productor, tienes que ser muy discreto con tu vida personal.

Cuéntame de tu salud. Recuerdo que tuviste una arritmia cardiaca hace unos años. Te enviaron de urgencia al hospital. ¿Qué ocurrió?
¿Me pasó eso? ¿Me pasó eso?

Eso dice aquí... que sufriste un ataque cardiaco.
No lo sé, ya lo olvidé todo. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien.

¿Debemos ser, como dices, discretos?
No, no, no. Estoy bien. Estoy bien.


Trabajaste con Marlon Brando en La condesa de Hong Kong. Brando se presentó en este programa y llegué a conocerlo bien. ¿Cómo fue trabajar con él?
Nunca tuve la oportunidad de conocerlo realmente bien. Marlon era muy difícil de conocer.

¿Qué tan buen actor era?
Genial, un gran actor, pero un poco confundido en su interior.


Mencionamos a Cary Grant. Trabajaste con él en La casa flotante, una gran película que aún se sigue exhibiendo.
Sí.

¿Cómo fue trabajar con él?
Hermoso, fue absolutamente hermoso trabajar con Cary en La Casa flotante. Él me ayudó bastante, fue una gran ayuda, y realmente yo lo amé mucho.

Getty Images

También filmaste con John Wayne, ¿verdad? ¿Las arenas de Iwo Jima?
Sí.

¿Cómo era?
Una persona maravillosa, me dejaba hacer lo que yo quería, y él decía: "Ella es joven. Déjenla ir donde quiera que desee". Eso me decía. Es decir, no me lo decía a mí, sino a la producción.

Federico Fellini, Marcello Mastroianni y Sophia Loren

¿Y qué me cuentas del gran Marcello Mastroianni?
Bueno, Mastroianni es mi esposo en las películas, ¿sabes? He trabajado con él tantas veces, tanto tiempo, 20 años de mi vida. Y siempre nos portamos a la altura, muy bien juntos. Fue maravilloso, hubo una maravillosa amistad entre nosotros. Maravillosa.


Él era un gran hombre. Se fue muy pronto. ¿Y Gregory Peck? Filmaste Arabesco con él. 
Sólo hice una película con Gregory, y me encantó. Cuando lo vi nuevamente, me entregó el Oscar. Estuve muy contenta de verlo.

¿Y, finalmente, qué hay de Sinatra?
Me encantaba Sinatra. Quiero decir, mi juventud fue con Sinatra, con todas sus canciones, todo lo que hizo. Por eso fue tan hermoso para mí trabajar con él.

Charlie Chaplin, Marlon Brando, Sophia Loren, el productor 
Jerry Epstein y el hijo de Chaplin

En  Arabesque (1965)

Un informe para la Academia (1919)


Autor: Franz Kafka
Eminentes señores de la Academia:

Ustedes me han hecho el honor de pedirme que presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior. En este sentido, lamentablemente, no puedo satisfacer la petición. Casi cinco años me separan de la simiedad; un tiempo quizá corto si se mide con el almanaque, pero interminablemente largo para cruzarlo al galope, como lo he hecho yo, acompañado en algunos tramos por personas eminentes, consejos, aprobación y música de orquesta, pero en el fondo solo, ya que toda compañía, para no salirse del marco, se mantiene lejos, del otro lado de la barrera. Este logro habría sido imposible si yo hubiese querido aferrarme caprichosamente a los recuerdos de la juventud. Justamente renunciar a todo capricho fue la consigna sagrada a la que me atuve. Yo, mono libre, me sometí a este yugo; pero de esta forma los recuerdos, por su parte, se me niegan cada vez más.

Así como al principio, si los hombres hubiesen querido, mi retorno se habría realizado recorriendo todo el arco que forma el cielo sobre la tierra, éste se me iba estrechando y achatando a medida que continuaba mi forzada evolución hacia delante; cada vez me sentía más a gusto y más integrado en el mundo de los hombres. La tormenta que nacía en mi pasado y que me sacudía se fue aplacando; hoy es solamente una corriente de aire que me refresca los talones, y el agujero en la lejanía por el que entra y por el que yo pasé una vez se ha vuelto tan pequeño que, suponiendo que tuviese fuerzas y voluntad suficientes como para retrotraerme hasta ese punto, me sería necesario dejar el pellejo en el intento.

Hablando con franqueza –por más que también a í me agrade escoger las imágenes al tratar estas cosas- hablando con franqueza: la nimiedad de ustedes, señores míos, en la medida en que también ustedes tengan algo por el estilo en su pasado, no les va a resultar más lejana que a mí la mía. A todos los que caminan sobre la tierra les cosquillea algo en el talón; tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Pero sin embargo, en un sentido limitadísimo, pueda quizá corresponder a su pedido de un informe, y lo hago incluso con una gran alegría.

Lo primero que aprendí fue el apretón de manos; un apretón de manos es prueba de sinceridad: pues bien, ojala que ahora que me encuentro en el cénit de mi carrera pueda agrearse a aquel primer apretón de manos también la palabra franco; no aportará nada nuevo a la Academia y se quedará muy por debajo del nivel de lo que se me ha pedido y que yo, a pesar de toda mi buena voluntad, no puedo decir; pero con todo mostrará las líneas directrices que orientaron a un cierto mono para introducirse en el mundo de los hombres y a asentarse en él. Sin embargo, seguramente no podría permitirme decir ni la parte más insignificante de lo que viene a continuación si no estuviese completamente seguro de mí, y si mi posición en todos los más importantes escenarios de varietés del mundo civilizado no se hubiese consolidado hasta el punto de la inconmovibilidad:

Soy originario de la Costa del Oro. Sobre cómo me cazaron debo remitirme a informes de otras personas.

Una expedición de caza de la firma Hagenbeck –aparte de esto, de entonces ahora llevo ya no pocas botellas de vino tinto vaciadas junto cn el jefe- estaba al acecho entre unos matorrales de la costa, cuando por la noche corrí, mezclado en el tropel hacia el abrevadero. Se hicieron disparos; yo fui el único que resultó alcanzado; recibí dos balazos.

Uno en la mejilla; no fue de importancia, pero dejó una gran cicatriz roja, sin pelos, que me valió el repelente, ciento por ciento inadecuado sobrenombre de Pedro el Rojo, sobrenombre que sólo pudo inventar un auténtico mono, y como queriendo significar con eso que sólo por la mancha roja en la mejilla me diferencio yo de aquel mono-animal amaestrado, que era conocido aquí, y acullá, y que ya hace mucho espichó. Esto sea dicho solamente de paso.

El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue grave; a eso se debe que aún hoy renquee un poco. Últimamente leí, en un artículo de uno de esos miles de lebreles que se explayan sobre mí en los periódicos, que mi naturaleza de mono todavía no había sido dominada del todo; que una prueba de ello sería que cuando recibo visitas me complazco en bajarme los pantalones para mostrar el punto por donde entró aquella bala. A ese bribón habría que reventarle uno por uno todos los dedos de la mano con que escribe.

Yo, yo tengo derecho a quitarme los pantalones ante quien se me antoje; ahí nadie podrá encontrar sino un cuero de pelaje bien cuidado y la cicatriz de un –elijamos aquí una palabra exacta para un fin determinado, pero que no pueda ser mal interpretada- tiro nefando. Todo queda expuesto a la luz del día; no hay nada que ocultar; cuando se trata de la verdad toda persona de espíritu amplio deja de lado el más preciado de sus buenos modales. Por el contrario, si ese escribiente se bajase los pantalones cuando llega una visita la cuestión desde luego cambiaría de color y acepto que se aun signo de cordura de su parte que no lo haga. ¡Pero entonces, que deje de fastidiarme con sus mojigaterías!

Después de aquellos disparos desperté –y aquí empieza, poco a poco, mi propio recuerdo- dentro de una jaula en el entrepuente del vapor de la compañía Hagenbeck. No era una jaula de cuatro paredes de barrotes, sino que más bien eran solamente tres paredes ajustadas a un cajón, de modo que el cajón venía a ser la cuarta pared. El todo era demasiado bajo como para poder estar de pie erguido y demasiado angosto como para poder sentarse en el suelo. Por eso estuve agachado, doblando las rodillas, que me temblaban sin cesar; y, como probablemente al principio no quisiese ver a nadie y estar siempre en la oscuridad, estaba siempre girado en el cajón, y los barrotes se me iban incrustando en la carne. Se considera provechosa esta forma de tener así enjaulados a los animales salvajes el principio, y actualmente, después de mi experiencia, no puedo negar que, considerándolo desde el punto de vista humano, realmente es así. Pero entonces no pensaba de esa forma.

Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida; por lo menos derecho hacia delante no podía ser; justo enfrente tenía ante mí el cajón, con sus tablas bien ensambladas; cierto que entre dos tablas había una rendija que iba de lado a lado, y cuando la descubrí la saludé con el aullido dichoso de la inconsciencia, pero esta abertura no era lo suficientemente ancha para tan siquiera pasar por allí la cola, y ni empleando toda mi fuerza simiesca pude ensancharla.

Según me dijeron después, parece que hacía desacostumbradamente poco ruido, de lo que dedujeron que o bien me extinguiría pronto o bien, en caso de que lograse sobrevivir el primer periodo crítico, sería muy fácil de amaestrar.

Sobreviví ese periodo. Sollozar sordamente, dolorosos despiojamientos, lamer en silencio un coco, golpetear la pared del cajón con el cráneo, chascar la lengua si alguien se me acercaba fueron mis primeras ocupaciones en la nueva vida; pero detrás de todo eso se escondía una sola sensación: ninguna salida. Naturalmente, las entonces sensaciones simiescas hoy solamente las pude transmitir con palabras humanas, y en razón de eso las transmito alteradas. Pero si bien es cierto que la antigua verdad simiesca no me es más asequible, ella está, por lo menos, en el sentido de mi descripción; de eso no les quepa duda.

¡Yo había tenido hasta entonces tantas salidas!... ¡Y ahora ya ninguna! Estaba encallado. Si me hubiesen clavado, mi libertad de movimientos no habría disminuido por eso. ¿Y eso por qué? Ráscate hasta despellejarte los dedos de los pies, que tampoco encontrarás razón. Apriétate por detrás contra los barrotes hasta que casi te partas en dos, no encontrarás la razón. No tenía ninguna salida pero tenía que encontrar alguna, porque sin ella no podía vivir. Siempre contra esa pared de cajón, inevitablemente habría reventado; pero con Hagenbeck los monos están destinados a la pared de cajón; de modo que dejé de ser mono. Una clara, hermosa deducción que en cierto modo debo haber elucubrado con la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se me entienda bien qué quiero decir con la palabra salida. Empleo la palabra en su más completo y corriente sentido. Es a propósito que no digo libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la haya conocido y he tratado con hombres que la anhelan. Pero en lo que a mí respecta ni entonces pretendí la libertad ni tampoco ahora lo hago. A todo esto, los hombres se engañan frecuentemente. Y así como la libertad es uno de los sentimientos más elevados, también el correspondiente engaño es de los más elevados. Muchas veces, en las salas de varietés, antes de salir a escena, he visto a dos artistas allá arriba, en el techo, trabajando en el trapecio. Se mecían, se balanceaban, saltaban, quedaban colgados uno en brazos del otro, uno llevaba al otro por los cabellos suspendidos de sus dientes. “También esto es libertad humana”, pensaba yo, “el movimiento soberano”. ¡Tú, escarnio de la sagrada naturaleza! Ningún edificio podría permanecer en pie ante las risas de la nimiedad frente a ese espectáculo.

No; yo no quería libertad; solamente una salida, a derecha, a izquierda, a algún lado. No tenía más pretensiones. Así la salida fuese sólo un engaño; la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar! ¡Avanzar! Lo único que no se debía hacer era quedarse quieto, con los brazos levantados, apretados contra una pared de cajón.

Hoy veo claro: sin la mayor tranquilidad interior jamás podría haber escapado. Y de hecho, todo lo que he llegado a ser lo debo quizá a la tranquilidad que después de los primeros días se adueñó de mí, allí, en el barco; y a su vez esta tranquilidad debo agradecerla a la gente del barco. A pesar de todo, son buena gente. Todavía me agrada recordar el sonido de sus pesados pasos, que en aquel entonces retumbaban en mi sopor. Tenían la costumbre de tomar todo con extremada lentitud; si alguno quería frotarse los ojos, levantaba la mano como un pesado grillo; sus chistes eran burdos, aunque cordiales; sus risas iban siempre acompañadas de una tos que sonaba peligrosa pero que no tenía ninguna importancia. Siempre tenían en la boca algo para escupir y les daba lo mismo a dónde lo escupían. Siempre se quejaban de que mis pulgas saltaban sobre ellos, pero no obstante nunca se enojaron seriamente conmigo por eso; es que sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelambre y que son saltarinas. Con eso se daban por satisfechos. Cuando estaban libres de servicio a veces algunos se sentaban en el suelo haciendo un semicírculo en torno a mí; a penas si hablaban, sino que más bien se arrullaban entre sí; fumaban la pipa estirados sobre cajones; se golpeaban con las manos en las rodillas no bien hacía yo el menor movimiento, y de tanto en tanto alguno tomaba una varilla y me hacía cosquillas ahí donde me resultaba agradable. Si hoy me invitaran a hacer un viaje en ese barco, con seguridad rechazaría la invitación, pero también es cierto que no sólo serían recuerdos desagradables los que me asaltarían en el entrepuente.

La calma que supe ganarme en el círculo de esa gente me apartó por encima de todo de cualquier intento de fuga. Desde mi actual punto de vista me parece como que hubiese por lo menos presentido que si yo quería vivir tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no se podría lograr por medio de la fuga. Actualmente ya no sé si era posible la fuga, pero lo creo; a un mono siempre debe serle posible la fuga. Con mis dientes actuales tengo que tener cuidado ya sólo al partir los cocos, pero en aquel entonces habría podido muy bien con el correr del tiempo quebrar a fuerza de mordiscos el candado de la puerta. Pero no lo hice. Además, ¿qué se habría ganado con eso? No bien hubiese asomado la cabeza me habrían vuelto a cazar y entonces encerrado en una jaula aún peor; o quizá, sin darme cuenta, habría huido en dirección a otros animales que estaban enfrente de mí, como las serpientes gigantescas, y exhalar en sus brazos el último suspiro; o quizá hubiese logrado escaparme hasta la cubierta, saltar sobre la borda, y durante un momentito me habría mecido sobre el océano y después me hubiera ahogado. Un proceder desesperado. No calculaba con tanto sentido humano, pero bajo el influjo del medio ambiente en el que me hallaba me conduje como si hubiese calculado. No calculaba, pero observaba con toda calma.

Veía a esos hombres ir de un lado a otro, siempre las mismas caras, los mismos movimientos; muchas veces me daba la impresión de que todos fuesen uno solo; ese hombre o esos hombres se movían sin trabas. Un alto designio comenzó a alborear en mi cerebro. Nadie me prometió que si yo me volvía como ellos me retirarían los barrotes. Nadie hacía semejantes promesas por cosas que aparentemente no se podían lograr; pero si uno comienza a lograrlas, a posteriori aparecen las promesas exactamente allí donde antes uno las buscó en vano. Pues bien, en esos hombres no había nada que de por sí me fascinase mucho. Si yo hubiera sido un partidario de la ya mencionada libertad, seguramente habría preferido el océano a la salida que se me mostraba en las turbias miradas de esos hombres. De todos modos, venía observándolos desde mucho antes de pensar en estas cosas, y estas observaciones acumuladas fueron lo que me impulsó ante todo en esa determinada dirección.

¡Fue tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya los primeros días. Nos escupíamos unos a otros, después lo hicimos mutuamente a las caras; la única diferencia era que yo después me lamía la cara hasta dejármela limpia, pero ellos no hacían lo mismo con las suyas. La pipa la fumé pronto como un viejo, después cuando metía el pulgar en la pipa todo el entrepuente aplaudía exaltado; sólo que durante mucho tiempo no pude entender cuál era la diferencia entre la pipa vacía y la llena.

Lo que más trabajo me costó fuer la botella de Schnap, el olor me atormentaba; yo me empeñaba con todas mis fuerzas; pero pasaron varias semanas antes de que pudiese sobreponerme. Resulta curioso que la gente haya tomado estas luchas interiores mías más en serio que cualquier otra cosa en mí.

Tampoco logro diferenciar en el recuerdo a aquella gente, pero entre ellos había uno que siempre venía y volvía a venir, solo o con otros camaradas, durante el día, por la noche, a las horas más diferentes; se ponía ante mí con la botella y me daba lecciones. Él no me entendía; quería despejar la incógnita de mi ser; descorchaba lentamente la botella y después me miraba para comprobar si había entendido; concedo que yo siempre lo miraba con una atención salvaje, atropellada; ningún instructor de hombres encontraría en toda la redondez de la tierra semejante aprendiz de hombre; después de descorchar la botella la levantaba hasta su boca; yo la seguía con la mirada hasta la garganta; hacía un gesto con la cabeza, contento conmigo, y se colocaba la botella en los labios; yo, fascinado por ir aprendiendo poco a poco, chillando, me rascaba a todo lo largo y lo ancho, en cualquier parte; él se alegraba, empinaba la botella y tomaba un trago; yo impaciente y desesperado por imitarlo prontamente, me ensuciaba en mi jaula, cosa que volvía a llenarlo de satisfacción; entonces, estirando el brazo, y alejando de sí la botella, y llevándosela nuevamente a los labios, se inclinaba hacia atrás de una forma exageradamente demostrativa y de un trago se la bebía hasta el final. Yo, extenuado por un esfuerzo excesivo, ya no podía seguir y me colgaba debilitado de los barrotes; mientras él finalizaba la enseñanza teórica y sonreía satisfecho refregándose la barriga. Sólo ahora comienza la ejercitación práctica. ¿No estoy ya demasiado agotado por la clase teórica.? Ciertamente, demasiado agotado. Esto es parte de mi destino. No obstante, tomo lo mejor que puedo la botella que me es alcanzada; la descorcho temblando; al lograrlo me nacen nuevas fuerzas; levantando la botella –casi no hay diferencia con el original- me la llevo a la boca, y… la arrojo con asco, con asco, a pesar de que está vacía y ahora solamente la llena el olor; y esto para gran desconsuelo de mi maestro, para mayor desconsuelo de mí mismo; ni a él ni a mí mismo consigo desagraviar con la circunstancia de que después de haber tirado la botella no olvide refregarme a la perfección la barriga y sonreír dando muestras de satisfacción.

Con demasiada frecuencia las lecciones transcurrían de esta forma; y debo decir en honor de mi maestro que no se enojaba conmigo; lo que sí, a veces mantenía apretada la pipa encendida contra mi pelaje, hasta que en algún lugar al que yo difícilmente podía llegar comenzaba una lenta combustión, pero entonces él mismo la volvía a apagar con su mano enorme, buena; no se enojaba conmigo: comprendía que luchábamos del mismo lado contra la naturaleza simiesca y que a mí me tocaba la parte más difícil.

¡Qué gran victoria fue, sin lugar a dudas, para él así como para mí, cuando yo una noche, rodeado de un gran círculo de espectadores –quizá era una fiesta: sonaba un gramófono y un oficial se paseaba entre la gente-, cuando yo, repito, aquella noche, precisamente cuando nadie me observaba, tomé una botella de Schnap que por descuido habían dejado junto a mi jaula; ante la creciente expectación de la concurrencia la descorché perfectamente de acuerdo con las reglas, me acerqué a los labios y, sin titubeos, sin torcer la boca, sino como un bebedor profesional, poniendo en blanco los ojos bien abiertos, con el gaznate que subía y bajaba ininterrumpidamente, en realidad de verdad me la bebí hasta vaciarla, y al arrojar la botella no lo hice ya con desesperación sino como un gran artista! Cierto es que olvidé restregarme la barriga; pero, en compensación, ya que no tenía otra salida, porque algo me impulsaba a ello, porque tenía los sentidos como delirantes… bueno, que grité: “¡Hola!”, irrumpí en el ámbito de los sonidos humanos; con esta exclamación entré de un salto en la comunidad de los humanos, y sentí su eco: “!Oigan! ¡Habla!”, como un beso por todo mi cuerpo chorreante de sudor.

Repito: no me fascinaba imitar a los hombres: los imité porque buscaba una salida, por ninguna otra razón. Tampoco con esa victoria se había logrado mucho. Inmediatamente, la voz dejó de responderme; sólo después de algunos meses volvió a funcionar; la repulsión hacia la botella de Schnap me volvió, e incluso intensificada; pero mi dirección estaba ya tomada de una vez por todas. Cuando en Hamburgo fui puesto en manos del primer amaestrador, enseguida me di cuenta de que tenía dos posibilidades ante mí: el jardín zoológico o el varieté. No titubeé. Me dije: empéñate cuanto puedas para poder llegar al varieté: ésa es la salida; el jardín zoológico no es más que una nueva jaula; si entras allí, estás perdido.

Y aprendí, señores míos. ¡Ah! ¡Cuando lo necesita, uno aprende! ¡Cuando uno quiere encontrar una salida aprende, uno aprende sin andarse con miramientos! Uno se controla a sí mismo con el látigo; uno se despedaza ante la más insignificante dificultad o fallo. La naturaleza de mono salió de mí a enorme velocidad y se alejó dando volteretas, de forma tal que mi primer maestro, como consecuencia de esto, se volvió algo mono, enseguida renunció a seguir dándome clases y tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica. Felizmente pudo salir pronto.

Pero yo inutilicé a varios maestros, y hasta incluso a más de uno al mismo tiempo.

Cuando llegué a estar más seguro de mis habilidades, la fama vino detrás de mis pasos; mi futuro empezó a esplender; yo mismo contraté maestros; los hice sentar en cinco habitaciones ubicadas en hilera y aprendía con todos al mismo tiempo, saltando ininterrumpidamente de una a otra.

¡Esos progresos! ¡Ese penetrar de los rayos del saber desde todos lados en el cerebro que despertaba! No lo voy a negar: me hacía feliz; pero también sostengo que ya entonces no lo sobreestimaba, ¡cuánto menos ahora! Por obra de un esfuerzo que hasta el momento no se ha repetido en toda la Tierra he alcanzado la instrucción media de un europeo. En sí esto quizá no sea nada, pero, sin embargo, es algo en la medida en que me sirvió para salir de la jaula y me procuró esta salida, esta salida humana.

Hay una excelente expresión alemana: “internarse en la espesura”. Eso fue lo que hice: me interné en la espesura. No tenía otro camino, siempre partiendo de la base de que no se podía elegir la libertad.

Si echo una ojeada a mi evolución y a lo que ha sido hasta el momento su objetivo, no puedo ni quejarme ni declararme insatisfecho.

Con las manos en los bolsillos de los pantalones, la botella de vino sobre la mesa, estoy mitad sentado mitad acostado en la mecedora y miro por la ventana. Si llega alguna visita, la recibo como es debido. Mi empresario está sentado en la antesala; si toco el timbre, viene y escucha lo que tengo que decirle. Por la noche casi siempre hay alguna representación, y tengo, ciertamente, un éxito que ya apenas si es posible superar. Cuando ya tarde vuelvo a casa de los banquetes, de las sociedades científicas, de agradables reuniones, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada, con la cual lo paso bien al estilo de los monos. Durante el día no quiero verla; es que tiene en la mirada la locura del animal amaestrado, desequilibrado; de esto sólo yo me doy cuenta y es algo que no puedo soportar. De todos modos, en términos generales he logrado lo que quería lograr. Que nadie diga que no valió la pena. Por lo demás, no busco el juicio de los hombres; solamente quiero difundir conocimientos. Yo solamente informo; también a ustedes, ilustres señores de la Academia, solamente les he informado. 


Fuente: 
KAFKA, Franz (2006): "Relatos completos" (Traducción: Francisco Zanutigh Núñez). Buenos Aires: Editorial Losada, primera edición, 668 páginas.