Autor: John Rewald.
"La sobreabundancia de impresiones nuevas que recibió durante sus primeros días o semanas en París aguzó, como era natural, el deseo que sentía Van Gogh de ponerse a trabajar. ¿Acaso no había acudido a París sólo porque quería perfeccionarse, porque estaba ansioso de continuar un aprendizaje artístico que había comenzado hacía cerca de seis años? En 1880, a la edad de veintisiete años, impulsado por una urgencia irresistible de expresar sus experiencias visuales, había comenzado una lucha encarnizada contra su propia torpeza. Si bien había trabajado como empleado en galerías de arte, hasta entonces no había mostrado la menor inclinación hacia la creatividad, y cuando por fin se apoderó de él el deseo de dibujar, resultó en sus comienzos tan patéticamente torpe que ni el consejero mejor intencionado hubiera descubierto en sus primero esbozos el menor rasgo prometedor. Pero con increíble tenacidad y ardor se había puesto a trabajar en Bruselas, en La Haya, y en casa de sus padres en Nuenen, y más tarde en Amberes, hasta que su mano inexperta empezó a seguir cada vez de una manera más fiel los dictados de su vista y de su mente.
Así pues, había llegado a ser artista no porque hubiese mostrado dotes precoces o in interés temprano por las cuestiones artísticas, como es el caso de la mayoría de los artistas, sino más bien porque quería pintar y porque intuía que la dedicación, la paciencia y la tenacidad lo ayudarían a encontrar el camino de su expresión. "Aquello de lo que están llenos mi cabeza y mi corazón debe reaparecer en forma de dibujos o pinturas", había escrito en los comienzos de su carrera artística. Si hubo alguna vez un pintor que se dispusiese a luchar contra las adversidades más desalentadoras -una ausencia al parecer absoluta de talento- con fiera determinación y con la sola fuerza de su voluntad, ese fue Vincent Van Gogh. Lo que le dio fuerza para perseverar fue precisamente el que su corazón y su mente estuviesen repletos de cosas que tenía que expresar. A fin de hacerlo con la habilidad necesaria había declarado, aun antes de abandonar Amberes, su intención de ingresar en el estudio de Cormon, donde pensaba perfeccionarse en dos campos: estudio del desnudo y dibujo de antiguos modelos de escayola. Como en el apartamento de Theo no había lugar suficiente para que Vincent pudiera pintar, pronto se dirigió al estudio de Cormon, que estaba cerca de allí. No resulta fácil comprender cómo pudo ser admitido en la clase de Cormon, a la que Van Gogh tenía cerca de diez años más que el común de los estudiantes de arte, que sus maneras eran bastante ásperas y que tenía un marcado acento foránedo. Cormon era hombre de bastante buen talante, y el deseo ardiente y humilde de aquel holandés de ponerse a trabajar seriamente pudo decidirlo a tomar a un estudiante tan poco habitual.
(...)
Según François Gauzi, uno de los mejores amigos de Lautrec, los alumnos de Cormon sólo conocían a van Gogh por su nombre de pila. "Era un compañero excelente, pero había que dejarlo en paz. Hombre del norte como era, no apreciaba el 'esprit' parisiense. Los sabelotodos del estudio se guardaban de molestarlo porque le tenían cierto miedo. Cuando los demás hablaban de arte y sus opiniones, diferentes a las suyas, lo exasperaban, podía llegar a encolerizarse de manera muy inquietante. El color lo volvía loco. Delacroix era su ídolo y sus labios temblaban de emoción cuando se refería a él. Durante mucho tiempo van Gogh sólo hizo dibujos que no tenían nada de exagerado y no se distinguían por ninguna tendencia particular.
Decidido como estaba a dominar los rudimentos del arte, y acostumbrado a que se mofaran de él o que no lo comprendieran, no cabe duda de que van Gogh se contentaba con encontrar en el estudio de Cormon un modelo sobre el cual trabajar, así como las correcciones técnicas que le hacían falta y también algunos colegas con los que intercambiar ideas de vez en cuando. No esperaba nada más y ello le ahorró desiluciones. Estaba absolutamente convencido de que la habilidad técnica no constituía un fin en sí misma, como lo era para la mayoría de los pintores del Salón. Mucho antes de ir a París se lo había explicado a un amigo: "¿Piensas que no me preocupa la técnica? Sí que me preocupa, pero sólo para poder decir lo que tengo que decir, y cuando no consigo hacerlo satisfactoriamente me esfuerzo por corregirme. Pero si mi lenguaje no es del gusto de los que hablan o de los que me escuchan, me importa un bledo."
Fuente:
REWALD, John (1999): "El postimpresionismo. De van Gogh a Gauguin". Madrid: Alianza Editorial, 530 páginas.





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